RELATOS EROTICOS #1

HISTORIA #88

EL DIACONO

En 1815 en Virginia, las leyes eran duras y rápidas, para ser obedecidas sin preguntar, aunque, como estamos a punto de ver, no todas las leyes se aplicaban con igualdad. Lo que es bueno para unos, no siempre es bueno para otros. John y Catherine Smith, una pareja muy religiosa, tenía una pequeña granja a unos cuatro kilometros fuera de Kirkville, Virginia, donde había crecido sus tres hijos en la educación tradicional puritana. Rachel la mayor de los tres, era el ojito derecho de su padre, y la primera de la familia Smith que nació en América. Ambos John y Catherine tenían grandes esperanzas de que su hija mayor se casaría y tendría una familia propia en Kirkville, y siendo brillante y una chica muy bonita, Rachel elegiría a uno de los finos hombres jóvenes Cristianos de la zona, pero finalmente no parecía mostrar interes en ninguno de ellos, y esto confundía a sus padres, y ninguna coacción podía persuadirla de salir con alguno de los pretendientes disponibles. Cuando su madre sacaba el tema a relucir, siempre acababa igual, con Rachel corriendo a su habitación y cerrando la puerta de un golpe, lo que efectivamente terminaba la conversación.

Teniendo los dieciocho recien cumplidos, Rachel si se interesaba en chicos, solo que no estaba interesada en ninguno de los que sus padres estimaban apropiados para ella. No le gustaba ninguno de ellos, y el pensamiento de pasar el resto de su vida con uno de esos zoquetes, bueno, era suficiente para hacerle sentir naúseas. Rachel era una chica muy espiritual, y se sentía atraida por hombres reflexivos, esto es, aquellos que parecían tener entusiasmo y amor por la vida. El único que había conocido que hacía que su estómago se tensase en un nudo era Robert Walker, el hijo de unos padres divorciados. Eso era suficiente para hacerle casi marginado y seguramente alejarle de lo que a matrimonio se refiere, pero a Rachel no le importaba, Bobby era a quien quería, y Bobby era lo que iba a consegir. Durante el último año se habían estado viendo al final de los pastos, donde el río discurre despacio y suave. Ocultos por los árboles, los dos habían pasado los últimos doce meses conociéndose, y como suele suceder en estos casos, intimando más cada día que pasaba. Al principio Bobby tenía miedo de tocar la mano de Rachel, su timidez le hacía dificil incluso mirarle a los ojos. Con el tiempo, no obstante, los dos forjaron un lazo que empezó como amistad, pero evolucionó a amor. Del primer beso en el que Bobby tembló tanto que perdió la boca de Rachel y le besó en la nariz, a la primera caricia íntima, un mucho más seguro Bobby ahora acariciaba el pleno pecho de su amante a través de su vestido azul de verano. Los dos jóvenes amantes aprendiendo sobre sus cuerpos juntos, tomándose su tiempo, disfrutando cada paso mientras se despertaban hacia nuevas y excitantes experiencias. Habían progresado por ahora, hasta el punto de que cuando se encontraban, rápidamente arrojaban su ropa y tomaban un baño en la cálida agua del río, retozando y disfrutando con la compañía del otro, y aunque no habían consumado su amor, estaban arriesgándose mucho a que su comportamiento sacrílego fuese descubierto y que ambos fuesen severamente castigados. Su suerte parecía aferrada a que nadie iba a esa parte del río, así que jugaban en el agua, sus jóvenes cuerpos libres y abiertos mientras revelaban su joven amor. Mientras estaban tomando el sol en la arenosa orilla, sus ojos cerrados, cogiéndose las manos, y desnudos como el día en que nacieron, no habían notado la pequeña barca con dos hombres que estaba flotando frente a ellos en el río. Si lo hubiesen hecho, habría visto a Ben Barker y Hank Flowers empujando su barca con una pértiga a solo noventa centímetros de ellos, sus bocas abiertas en silencioso asombro por la visión de los dos adolescentes desnudos. Así cuando finalmente se vistieron y regresaron a sus casas, no tenían idea del gran problema en el que se habían metido.

El fuerte golpe en la puerta vino como una sorpresa, porque era costumbre no interrumpir a la gente durante la hora de la cena. John abrió la puerta frontal, solo para encontrar a tres miembros del consejo de la ciudad de pie ante el con sombrías miradas en sus caras. "Buenas noches caballeros," ofreció John, "¿y qué os trae aquí esta agradable noche de Junio?" "Buenas noches hermano John," respondió un muy sombrío William Hawkins, "esto no es una visita de placer, pero hay algo que debemos discutir contigo con gran pesar" Ahora Catherine Smith se había unido a su marido en la puerta, y tras invitar a los tres visitantes dentro todos tomaron asiento y se pusieron cómodos antes de que John se reclinase y dijese, "¿Que estás pensando, William?" "John," respondió William, "¿sabes cuál es la pena por fornicación?" "¿De qué va esto, William?" preguntó John, "¿qué tiene que ver la ley contra la fornicación conmigo?" "No contigo, John, pero lamento decirlo, sino con tu hija Rachel" respondió William. "¿Qué pasa con Rachel?", retumbó John, "mas vale que te expliques rápido William o me veré obligado a tomar mi hacha contra ti y tus hermanos" Rachel, todavía sentada en la mesa de la cocina, sintío que el estómago se le caía al suelo, una sensación enfermiza se extendió a través de ella que le hizo sentir arcadas. William continuó, "John, ¿tu crees que vendría aquí y haría un cargo como este si no tuviese una prueba sólida contra ella?" "¿Qué, qué tipo de prueba tienes?" demandó el padre muy agitado. "John, Catherine, Ben y Hank han estado a un tiro de piedra de vuestra hija y el joven Robert Walker tomando el sol enteramente en el banco del Río Floyd," explicó William, "ambos tenían los ojos cerrados, así que no sabían que habían sido vistos" "Robert Walker," John Smith casi gritaba, "ninguna hija mía podría ser vista en ningún sitio con ese joven rufián, menos desnuda en un banco de arena del río donde cualquiera pueda verlos." William lanzó su mirada hacia Rachel, y estaba a punto de preguntale si lo que él decía era verdad, pero fué parado por su arranque de sollozos.

John Smith saltó de su silla y se acercó a zancadas hasta su hija, le agarró del brazo y le zarandeó mientras le demandaba, "¿Te has rebajado contra Dios y tu familia con el joven Walker?" Rachel, ahora llorando a gritos, intentaba responder pero era incapaz debido a sus incontrolables sollozos. Su padre, ahora en un ataque de ira, le arrastró a través de la habitación y la tiró hacia William y gritó, "Sacadla de aquí, ya no es más hija mía, ha traido la vergüenza a esta casa, y no será perdonada." William y sus hombres dirigieron a la llorosa chica fuera de la casa y la pusieron en el carro para el viaje de vuelta a la ciudad. Durante todo esto, Catherine Smith estuvo también sollozando, pero más silenciosamente y para sí misma, intentó decirle adiós con el brazo a su hija, pero John Smith bajó su brazo en disgusto y dijo, "Ha hecho su propia cama, Catherine, y ahora debe dormir en ella."

Los dos coches de caballos hicieron un buen tiempo de vuelta a Kirkville y afortunadamente Rachel se había calmado un poco en el momento en que llegaron a la plaza de la ciudad. Para su asombro y consternación, su amante, Bobby Walker, estaba ya en una picota en el centro de la plaza. Un pequeño grupo de jóvenes, mayormente chicos, estaba lanzando burlas e insultos, así como algunas piedras al inmovil delincuente. Rachel rompió a llorar otra vez al pensar que ella también sería pronto una burla pública al lado de su amado. El carro siguió su camino a través de la ciudad, hasta que alcanzó su destino final, la iglesia, el más alto e imponente edificio en la pequeña ciudad. "¿Por qué paramos aquí?" preguntó Rachel en una pequeña voz asustada. Ignorando su pregunta, dos de los hombres la tomaron por los brazos y le dirigieron por el camino hasta las puertas frontales de la vieja estructura, donde William llamó y esperó respuesta. Casi inmediatamente la gran puerta se balanceó abierta, detrás de la cual estaba de pie el Diácono Henry Hancock, un descendiente directo del firmante de la declaración de independencia. Vestido de negro, sus ojos negro carbón ardían con una pasión que siempre había aterrorizado a Rachel, suficiente para que cambiase de camino para evitar contactar con él. Sus apocalípticos sermones eran suficientes para asustar a cualquiera, especialmente a los niños de la congregación que miraban al Diácono Hancock casi con veneración divina. Su profunda voz poderosa llenó la entrada de la iglesia cuando dijo, "Gracias compañeros hermanos, Dios hará que esta pecadora sea castigada y le hará pagar por sus crímenes, y me esforzaré en hacerle ver el error que ha cometido" Los tres hombres asientieron y se giraron, dejando a Rachel sola en la presencia de su juez y jurado.

El Diácono cerro y bloqueó la puerta y le dijo a Rachel que le siguiese, su estructura elevada parecia incluso más alta en la semi oscuridad de la luz de las velas en el santuario. Le dirigió al frente de la Iglesia, justo en el altar, donde giró alrededor y en una voz que sonaba como un rugido de león le acusó de pecar a los ojos del Señor. Rachel otra vez empezó a sollozar, consciente de que el Diácono Hancock tenía el poder de literalmente condenarla a muerte. "Confiésamelo chica," explotó "confiésame tus pecados frente al todopoderoso Dios" En un hilo de voz Rachel respondió, "He pecado a los ojos del Señor, y lo siento." El Diácono Hancock entonces tronó, "Debes describir tus pecados en detalle para ganar la absolución, cuéntame tus crímenes, niña" Una totalmente mortificada Rachel entonces recontó sus acciones con Bobby, parándose un poco, en admitir algún acto de intimidad. El Diácono, sus ojos mostrando su desagrado, le gritó, "Si no admites tus pecados, no serás salvada, y el apocalipsis será tu descanso final, debes ser pura a los ojos del Señor" continuó, "y solo en tu desnudo original puedes ser verdaderamente salvada."

Una asombrada Rachel permaneció de pie indefensa mientras el poderoso hombre literalmente desgarraba su ropa de su cuerpo hasta que estuvo desnuda delante de él. Rachel tenía una completa forma femenina joven con unos pechos muy grandes y anchas caderas femeninas, creando una visión más apetecible para el hombre, pero era su vagina que estaba cubierta con una gruesa capa de vello púbico moreno que era su rasgo más atractivo. Intentó cubrirse con sus brazos, pero era imposible esconder todos sus encantos femeninos mientras el Diácono Hancock le dirigía al altar y anunciaba, "El único modo de limpiar tu pecado es si eres tomada por un reverendo en presencia del Señor" Rachel temblaba de miedo, pero no ofreció resistencia cuando el diácono la levantó en el altar y separó sus jovenes muslos. Aunque ella y Bobby se habían tocado, nunca habían hecho lo que el Diácono estaba a punto de hacerle, su boca cubrió su velluda vagina y su lengua probó su estrecha raja hasta que se puso a descansar en su pequeña flor. Su cuerpo tembló involuntariamente mientras su lengua recorría su raja arriba y abajo, cada vez parando para darle a su clítoris un lamido especial. Siendo joven y sexualmente inexperimentada, Rachel tenía una abundancia de energía sexual reservada almacenada, así que no fue una sorpresa que su primer orgasmo fuese brutalmente duro, con su vagina inundando la boca del Diácono con su eyaculación mientras su conejo se convulsionaba durante un minuto y medio. Mientras yacía allí jadeando y con su cabeza dando vueltas por lo que había ocurrido, el Diácono se levantó y le preguntó que si sentía que alguno de sus pecados había sido perdonado. Ella asintió, miró fascinada como el Diácono lentamente desabrochó sus pantalones y los dejó caer al suelo, mostrando un gigantesco órgano sexual, al menos dos veces el tamaño del de Bobby.

Su pene parecía como una gran tranca saliendo de su entrepierna, como un arma, larga y gorda, un terror para cualquier vagina que tuviese en su camino. Rachel empezó a gimotear, sabiendo que era todavía virgen y que en cuestión de segundos su pequeño conejo iba a ser invadido por un monstruo contra el que no tenía defensa. El Diácono Hancock miró a la temblorosa chica, y en su profunda voz resonante entonó, "Esto te purificará de tus pecados restantes ¿lo crees?" Ahora en un estado de total sumisión y miedo, asintió y respondió debilmente, "Sí, Diácono, lo creo," mientras sus piernas temblaban cuando la gigante erección probaba sus labios externos, sintiendo toda su raja como si intentara encontrar un punto débil antes de empezar su ataque. La cabeza, del tamaño de un limón pequeño, se abrió camino en su canal, estirándola más allá de donde podría llegar, y aunque le dolía tremendamente, una mezcla de dolor y placer se extendió como agua caliente por toda su entrepierna. Habiendo tenido un orgasmo muy fuerte del contacto oral, Rachel pudo sentir instantáneamente que pronto estaría experimentando otro a costa de la gran erección del Diácono, y mientras él lentamente forzaba su gran pene más y más lejos en su estrechez, intentó en vano acomodar la gran polla mientras ella gemía, "¡Es tan grande! ¡Oh Dios, duele!" El Diácono respondió a su gemido metiendo su polla hasta el fondo de su empuñadura, lo que por supuesto, resultó en la joven teniendo su vagina destrozada por otro increible orgasmo.

"Niña," ladró el Diácono, "¿todavía quieres ser perdonada por todos tus pecados?" "Si, señor." respondió Rachel, todavía temblando por el ataque que su conejo virgen había soportado. "Bien entonces" continuó, "arrodillate y reza conmigo, reza que seguirás el justo camino determinado para tí en la Sagrada Biblia" Rachel se arrodilló e inclinó su cabeza para rezar, solo para ser interrumpida por la profunda voz del Diácono Hancock. "Mírame niña, mira en mis ojos y siente al Señor Todopoderoso dándote la absolución. Levantando su cara para mirar en la frialdad negra de sus ojos, Rachel en lugar de eso estaba mirando directamente al poderoso órgano sexual que oscilaba arriba y abajo en frente de su boca. El Diácono se acercó un poco más, hasta que la suave cabeza púrpura estaba rozando los labios de Rachel y con solo un poco más de presion, la gran protuberancia se metió dentro de su cálida boca, llevando con ella un ligero sabor salado, lo que no era del todo desagradable. Rachel, aunque al principio aprensiva sobre chupar la polla de Diácono, tenía que admitir que estaba haciendo que su vagina tuviese esa sensación de picor otra vez. Sus pezones estaban arrugados y duros y Rachel tomó uno de ellos en su mano y suavemente lo retorció, haciendo que su conejo se contrajese aún más. El Diácono, por otro lado, estaba mirando a la bonita dieciochoañera de grandes tetas que le estaba dando a su polla la mamada de su vida. Ella parecía casi angelical en la pálida luz de las velas, pero ¿cuántos ángeles has visto con una polla de veintitres centímetros en su boca? La visión de su gran polla en la bonita boca era más de lo que el Diácono pudiese soportar, y su polla explotó en un orgasmo chorreando semen que se derramó fuera de su boca hacia su bonito pecho. Rachel intentó tragarlo, pero los torrentes de semen venían con mucha fuerza y rápido para ella, y el caliente semen salpicaron por sus tetas tras lo que el Diácono empujó a la chica cubierta de semen sobre sus pies y le ordenó que se limpiase.

Tras vestirse, el Diácono Hancock le hizo sentarse y le leyó sobre los pecados de la carne, incitándole a encontrar fuerza en el Señor y mantenerse pura hasta el matrimonio. Tendría que vivir en la iglesia durante el siguiente mes para completar su periodo de absolución, y el Diácono Hancock estaría personalmente a cargo de su penitencia. Mañana otra vez "rezarían" juntos, pidiendo al Todopoderoso que le guiase en el camino de la rectitud.

FIN

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