RELATOS EROTICOS
HISTORIA #132
UNA SOLA CHISPA
Una sola chispa
He estado con la Unidad 12 durante unos cinco años, dentro y fuera de todo tipo de situaciones complicadas, pero esta era la primera vez que tenía que guardar cama en durante algún tiempo. Estábamos trabajando en un incendio en un almacén abandonado, probablemente accidentalmente por algún borracho intentando mantenerse caliente. Una condenada viga cayó y me dejó inconsciente en el suelo. Si no fuese por mi traje, posiblemente me habría frito. Pero fue lo suficiente malo para romperme la espalda y los músculos de los hombros, haciéndome cojear. Los doctores dijeron que si me mantenía con mi rehabilitación, volvería a mi fuerte y vital yo en unos meses. ¡Meses! Demonios, solo habían pasado tres semanas y estaba loco de aburrimiento. Mi cuerpo gritaba cada vez que intentaba moverme. Estaba tan mal que finalmente me fui a dormir al sofa-cama con un contrachapado bajo el colchón. La mujer me ofreció el dormitorio pero ¿qué tipo de hombre sería si hiciese que una dama durmiese en el sofá? En cualquier caso, era más fácil estar en el sofá cama. Con un cuerpo irritado buscaba lo fácil.
Con mis músculos rotos y retorcidos, el sexo no era fácil. Era monstruosamente imposible. Lo intentamos. El condenado dolor se mantenía. Nada como una buena pinchada de dolor para ahuyentar una erección. Frustrante para ambos. Quiero decir, mi mujer es un bombón, los chicos se empalman viéndola caminar por la calle y aquí estoy, con toda esa preciosa desnudez rubia frente a mi, y mi polla sigue mustia. Injusto, eso es lo que era, realmente injusto. El borracho que quemó el estúpido edificio probablemente estaría consiguiendo más coños que yo.
De cualquier modo, estaba durmiendo en el sofá, al menos estaba intentando dormir en el sofá. Algunas noches los calmantes parecían hacer efecto, pero entonces si me giraba o algo el dolor volvía a golpear. No podía hacer nada. Solo acordarme de la maldita cosa. Estaba sentado en el borde de la cama, compadeciéndome de mí cuando oí un gemido proveniente de nuestro dormitorio.
Al principio imaginé que mi mujer debía de estar teniendo una pesadilla. Desde mi accidente, decía que había tenido varias. Cojeé por el pasillo, imaginando que podría reconfortarle y me paré de golpe. La había oído gemir y respirar con dificultad así antes, normalmente cuando yo estaba respirando con dificultad con ella. Lentamente me acerqué a la puerta y eché un vistazo.
La habitación estaba oscura pero había la suficiente luz proveniente de la ventana para dibujar su cuerpo sexy extendido sobre la cama. Una mano estaba entre sus piernas; la otra estaba cubriendo un pecho blanco lechoso. Sus ojos estaban cerrados. Estaba tan envuelta en lo que estaba haciendo; probablemente no me había oído acercarme por el pasillo. Al mirar a su precioso cuerpo desnudo estirado sobre la cama fue suficiente para hacer que mis calzoncillos pretasen. Verla frotar ese precioso coño dorado y oír sus suaves gemidos de placer estaba poniendo mi polla tan dura que esperaba arrancarme todo de mi cuerpo. Pude sentir suficientes punzadas de dolor para saber que no podía unirme a ella en la cama. No obstante, nunca la había visto masturbarse antes; no sabía lo abrumador que era. Deslizaba sus dedos por su raja. Debía estar realmente húmeda, había pequeños sonidos de sorbos viniendo de su conejo. Deslicé mis calzoncillos un poco y sujeté mi polla.
Tal vez fuese instinto; tal vez hice ruido bajándome los calzoncillos. Abrió sus ojos para verme allí en camiseta y una gran erección en la mano. Dejó de jugar con su conejo, pero mantuvo su mano entre sus piernas. Miró mi dura polla y sonrió.
“¿Cuánto hace que estás ahí?” preguntó
Le sonreí, “solo unos minutos”
“¿Te gusta lo que ves, grandullón?”
“Me encanta”
“¿Quieres un poco?”
“No puedo, todavía no”
Su cara se frunció de un modo agradable. Entonces me sonrió. Se movió por la cama de modo que sus piernas y su coño estaban de cara a mí. Levantó sus rodillas y separó sus piernas. El vello rubio de su coño estaba empapado, sus labios vaginales estaban hinchados. Empezó a mover su mano por su raja de nuevo mientras me miraba. Mi erección no había perdido su rigidez, si acaso, probablemente había ganado algo por esta nueva vista. Empecé a sacudirla con ella, mi cuerpo temblaba con excitación.
Continuó frotando sus tetas, sus dedos lentamente se deslizaban arriba y abajo de su raja rosa, suavemente golpeando cerca de su clítoris y volviendo a bajar hacia su bonito culo. Oí que el ritmo de su respiración se hacía más profundo y vi el ritmo de sus dedos incrementarse. Empecé a sacudir mi polla más rápido. Sus caderas se retorcían lentamente. La lujuria estaba en sus ojos. Gimió con placer cuando deslizó dos delgados dedos dentro de su húmedo coño caliente. Sujeté mi polla más tensa imaginando su deliciosa calidez. Su palma estaba arriba contra su clítoris mientras empezaba a follar con sus dedos, todo el tiempo viéndome sacudírmela al ritmo de sus dedos, un ritmo que se estaba volviendo más rápido con cada respiración trabajosa. Su culo estaba saltando sobre la cama como si empujase su coño hacia mí, sus dedos se volvían borrosos, su respiración violenta, y sus gritos de placer más fuertes. Me apoyé en el umbral de la puerta cuando mis caricias se alargaron y aceleraron. Mis caderas querían empujar hacia ella pero sabía que no resistiría el dolor. La corrida se estaba formando en mis bolas; mi mano bombeante y el sonido de nuestros jadeos compartidos y gemidos me llevaban al borde. El dulce, dulce conejo de mi mujer agarraba sus dedos mientras su cremoso cuerpo rubio empezaba a temblar y espasmarse en un orgasmo. Agarré el elástico de mis calzoncillos y sujeté el algodón frente a mi polla, la tela rozaba mis bolas. Un orgásmico trueno retumbo por mi cuerpo mientras disparaba montones y montones en mis calzoncillos. Fuego erupcionó en mi espalda y hombros pero no hice nada por el dolor. El placer todavía estaba sobre mí mientras me tropezaba hacia la cama, intentando respirar, gimiendo en éxtasis y herido.
Aunque ella todavía respiraba trabajosamente, mi mujer se acercó. Sus ojos ahora llenos de preocupación.
“Frank, ¿estás bien?”
Parpadeando lágrimas mientas el dolor se tranquilizaba a un dolor sordo, intenté sonreir.
“A pesar de tu intento de matarme, creo que viviré.”
“Eso es bueno,” rió, “tendría que haber explicado tu ropa interior eyaculada a la policía. Gracias por intentar salvar la alfombra. Tal vez la próxima vez intentemos esto tumbados y con pañuelos a mano.”
Estaba sonriendo como el gato que coge al canario. Los próximos meses podrían no ser tan aburridos después de todo. Asombroso lo que una sola chispa puede hacer.
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FIN
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